Por: Marlon Javier Domínguez
Eran las 10 de la mañana y un misterioso visitante golpeó a las puertas de la escuela. Su vestido completamente negro, la barba que cubría su rostro y su gesto sereno ausente de sonrisas aumentó el nerviosismo de un pequeño grupo de niños que, casi con el corazón en la mano, aguardaban desde hacía algún tiempo aquel encuentro.
Había llegado la hora y unos a otros se miraban, como esperando que alguien diese el primer paso, pero en los ojos de todos se reflejaba la indecisión. “Iré yo”, susurró de pronto una tímida vocecita y, con paso firme, se dirigió hacia el lugar en donde le esperaba el sacerdote. Después de unos minutos, y con una bella e inocente sonrisa iluminando su rostro, mientras caminaba hacia el grupo pronunció unas palabras que jamás olvidaré: “Me siento realmente libre”.




