Por Marlon Javier Domínguez
Después de aquellos desgarradores días en los que se vio aJesús con el rostro desfigurado y el cuerpo sangrando por doquier, luego de haber contemplado desde lejos la dolorosa escena de la crucifixión y de haber dado sepultura a su esperanza, el temeroso grupo de los discípulos recibió una noticia que cambiaría radicalmente la historia: ¡Ha resucitado el Señor!Sus corazones hasta ese momento destrozados latieron entonces con renovado vigor, <<pero ¡un momento! Es imposible. Lo vimos morir, cerramos la tumba en la que pusimos su cuerpo con una gran roca, todo terminó, creímos que iba a ser él quien liberaría a Israel, pero no fue así>>. La tristeza se cernía en sus rostros, la desesperanza en sus corazones, el dolor oprimía sus pechos y la ausencia del amado Maestro hacía que la vida careciera de sentido; aquella noticia, sin duda,no podía ser otra cosa que los delirios de unas mujeres que ‘pensaban con el deseo’. El Mesías estaba muerto, nada podía ser ya peor.




