Por Luis Augusto González Pimienta
El pasado 7 de agosto fue un día de contradicciones. Por un lado resultó placentero transitar por las desoladas calles vallenatas, sin el estrépito de los motores de carros y motocicletas y sus pitos desapacibles, sin la presencia de grúas merodeadoras a la cazade vehículos supuestamente mal parqueados y sin el bullicio de las gentes. Todo un oasis.
Por el otro, una sensación de desaliento por el olvido de los símbolos patrios. El recorrido que hice me mostró que apenas un 10 por ciento de las viviendas y establecimientos comerciales había izado la bandera, como correspondía. Lo tomaron como si se tratara de un acto voluntario o caprichoso y no de un mandato legal cuyo incumplimiento genera sanciones, solo que no se imponen.




