COLUMNA

Si se calla el cantor

Allá a lo lejos se asomaba el alba amodorrada mientras que la luna regordeta todavía rielaba entre gironcitos de nubes, la había cogido el día, pero sin afanes fue bajando por detrás del horizonte. No tenía a quién darle cuenta de su retraso en hacer el recorrido mil veces repetido desde cuando comenzó la historia del mundo.

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Por Mary Daza Orozco

Allá a lo lejos se asomaba el alba amodorrada mientras que  la luna regordeta todavía rielaba entre gironcitos de nubes, la había cogido el día, pero sin afanes fue bajando por detrás del horizonte. No tenía a quién darle cuenta de su retraso en hacer el recorrido mil veces repetido desde cuando comenzó la historia del mundo. La ciudad serena, ¡un domingo sin el estridente parlante de la esquina con canciones de los jóvenes aristas vallenatos! Había un profundo silencio en memoria del maestro mayor que después de una vida fecunda en cantos, sombras, anhelos y amistades se fue y dejó una estela de inmortalidad.

Qué más se puede hablar del maestro Leandro Díaz, después de tantos homenajes con los que se trata de acercarse a la grandeza de su vida, sólo que su muerte ha hecho que este día domingo, de estrépito semanal,  sea de recogimiento, y permita, desde la ventana, admirar el cambio de noche en día, un silencio que hace juego con aquello de: ”Si se calla el cantor, calla la vida / porque la vida, la vida misma es todo un canto…”

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