Por: Silvia Betancourt Alliegro
Hace muchos años se ejerce este absurdo mandato, primero en el hogar, ya sea porque los padres son poco hábiles en el manejo de las ciencias exactas; después en el colegio, porque los profesores no son efectivos en el manejo del lenguaje.
El discípulo se halla inmerso en mundos por demás inoperantes, con el cerebro dispuesto a absorber todo lo que se le inocule, sea cierto o falso, pues aún no está nutrido de experiencias que le permitan discernir entre lo incuestionable o lo supuesto, por tanto, se dedica a bucear, sin saber nadar, en los contenidos que les inyectan las personas que están a cargo de labrar su futuro.




