Ad-portas de terminar este año, probablemente, la mayor frustración sea la de sentir que hemos perdido el tiempo. Que no logramos nada y no avanzamos en nuestras metas, que termina este año igual que como lo comenzamos. Es muy tentador, en ese estado, habernos desalentado tanto con sentimientos de ineficacia que procuráramos pasar a otra cosa y decimos con los hombros encogidos: “Bueno, posiblemente el 2023 será mejor”.
Con frecuencia, aplicamos el texto del epígrafe a la gracia de dar financieramente; pero también lo podemos aplicar al hecho de sembrar espiritualmente para poder recoger su cosecha de armonía y paz correspondiente. Cuando hablo de sembrar esperanza para el 2023, estoy aludiendo a invertir nuestro tiempo en la búsqueda de Dios. Hablo de establecer patrones y hábitos que nos permitan pasar tiempo importante en la presencia de Dios de manera habitual. Esta clase de siembra. Producirá una cosecha de esperanza, traerá cambios y a su tiempo, comenzará a afectar todo alrededor.
Concibo el factor tiempo, no como un elemento que transcurre sobre mí; sino como un elemento sobre el cual, caminamos. Así, todas las palabras, acciones e intenciones que sembremos hoy -buenas o malas- germinarán y las cosecharemos mañana. Vivimos en una cultura que evalúa sus prioridades teniendo en cuenta sus resultados inmediatos. Todas las voces nos demandan producción. El afán del “ya” y el “ahora” puede nublar nuestra adecuada inversión de siembra en la esperanza para el año venidero. Tampoco debemos evaluar nuestro progreso espiritual sobre la base de cuantos proyectos hemos cumplido o de cuantas metas alcanzamos o dejamos de alcanzar hoy.




