Vivimos, por estos tiempos, una etapa crítica para el país, punto de inflexión que exigirá la mejor de las reflexiones, no tanto teologales sino filosóficas, éticas y socioeconómicas. Esta etapa es una campaña electoral que, en un país tercermundista, parece una guerra y se sabe que en esta la primera víctima es la verdad. Muchos repiten lo que les han contado sin tamizar o poner las alarmas de la lógica.
Toda información es susceptible de análisis por creíbles que sean los informantes. Por eso se dice: “nunca creas en nada de lo que te dicen y solo en la mitad de lo que vieres”, las apariencias engañan. Este paradigma no es nuevo, el apóstol Tomás así lo creía. Cada día leemos y escuchamos personas afirmando retahílas que otros han dicho acerca de un contrario, muchas veces denigrantes, para disminuir sus posibilidades; para ellos, el fin justifica los medios es una de las herramientas utilizadas, filosofía central del nacismo.
Sin ser abogado del diablo para darle sanidad a la democracia, uno tiene que entrar a develar ciertas falacias del adversario cuando de agredir al contrario se trata. Un ejemplo claro de esto es lo que sucede con Petro a quien sus enemigos, propios e inducidos, tratan de reducir a un punto infinitesimal. Este país no ha estado gobernado por arcángeles, muchos de los magnicidios quizás los han planificado ellos; ahora el único pecador es G.P. y existe una cartilla para desprestigiarlo. Hay que reconocerle a Rodolfo Hernández su objetividad y transparencia para calificar al adversario.




