COLUMNA

Santos, La Habana y su encrucijada

Por Edgar Polo* No hay, no puede existir un colombiano de bien que no quiera la paz. A quienes no interesa, es a los que por su naturaleza carroñera se lucran del conflicto, hacen de la violencia su hábitat y se ensoberbecen en el poder maldito. Por eso la paz es tan difícil de alcanzar. […]

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Por Edgar Polo*

No hay, no puede existir un colombiano de bien que no quiera la paz. A quienes no interesa, es a los que por su naturaleza carroñera se lucran del conflicto, hacen de la violencia su hábitat y se ensoberbecen en el poder maldito. Por eso la paz es tan difícil de alcanzar.

El Presidente Santos elegido para continuar con la Política de Seguridad Democrática y que probados resultados había dado, cambió abruptamente y con miras a una posible negociación con el grupo terrorista, se precipitó al hacer aprobar por el Congreso un ‘Marco Jurídico para la Paz’ que a la luz de la doctrina sobre los Derechos Humanos, se convierte en un portillo por dónde los generadores de medio siglo de atrocidad y violencia logran impunidad y pueden pasar a convertirse en la nueva dirigencia del país para orientar sus destinos. El instrumento que Santos consideró una panacea para reinsertar a la guerrilla en la sociedad, para los terroristas consistió en una muestra de debilidad del establecimiento que generó el efecto contrario, esto es, sobredimensionarlos en su soberbia sin límites hasta el extremo de proponer un rediseño del Estado a la medida de sus ambiciones.

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