El nuevo Gobierno no habla hoy de otra cosa que no sea la llamada “paz total”. Un concepto cuyo contenido no sabemos todavía a qué sabe y cómo se cocina. La paz que definió la elección presidencial del 2014 vuelve a estar en la prioridad de la agenda pública luego de haber estado en modo avión. Es una buena noticia pues no se puede lograr la justicia social y una democracia robusta sin terminar la guerra. Sin embargo, hasta el momento solo hay anuncios y poca claridad sobre el camino.
Todavía no sabemos si “la paz total” es un tema numérico por el cual se va a negociar con todos los grupos armados o si se refiere a una paz más cualitativa donde el Estado garantice unos mínimos de bienes y servicios en territorios donde estos no existen.
En todo caso, no hay mejor momento para buscar la paz con grupos armados con estatus político como el ELN que este donde un exguerrillero ostenta la jefatura de Estado. Es Petro la demostración de que la vía armada no es la vía para llegar al poder, al que se llega en democracia, a voto limpio. Y en eso el ELN debe estar claro de su fracaso por conseguir el poder.




