Hay un sitio de refugio para las tormentas de la vida. Ellas, inexorablemente nos alcanzarán, pero hay donde refugiarse. Hay un lugar donde Dios protege a sus amados: El santuario de su presencia.
Este es un lugar de refugio, de asilo, de inmunidad, más allá de las circunstancias; un santuario para el alma abatida y cansada por las pruebas y la adversidad, un lugar de inmunidad del acoso constante del enemigo. Cuando David, el rey, estaba en el desierto de Judá, huyendo del rey Saúl, para salvar su vida, estaba totalmente aislado, un fugitivo político que se escondía en el desierto y no tenía acceso al lugar donde residía el Arca. Por eso tuvo que aprender a refugiarse en Dios, descubrir la comunión con Dios como el refugio del torbellino de emociones y problemas que bombardeaban su alma.
Allí en ese refugio secreto podía ventilar sus ansiosos pensamientos, podía ser renovado en el amor de Dios, podía tranquilizarse en la confianza de su protección. Allí era sanado de las heridas por el rechazo de los hombres. Allí renovaba sus fuerzas para la jornada diaria. Allí estaba a salvo.




