Existe un hilo conductor que une a todos los líderes populistas. Afirmarlo en plural es lo más sensato. Tanto los populistas de izquierda como los de derecha comparten una oposición común: la élite política, a la que consideran corrupta o malévola.
No se trata solo de simpatía u hostilidad mutua hacia las élites tradicionales, sino de la conciencia de habitar el mismo ecosistema político-mediático, concretamente el construido por las redes sociales. En la última década, los líderes populistas han manejado estas plataformas con una naturalidad que sus adversarios jamás poseyeron. Comprendieron antes y mejor que otros que la viralidad es una forma de poder y que el consenso se gana más a través de la atención que a través de las ideas.
La llegada de las redes sociales ha roto el patrón que había regido la circulación de información durante siglos. Ya no es una pequeña élite la que se dirige a las masas, sino una multitud que se comunica consigo misma. Es en este espacio horizontal y caótico donde los populistas han encontrado su savia, transformando la conexión directa con el público en un arma política y el caos informativo en una ventaja competitiva.
En análisis realizado para el Financial Times por la firma de investigación GWI, basado en una muestra de 250.000 adultos en más de 50 países, muestra que el tiempo dedicado a las redes sociales alcanzó su punto máximo en 2022 y ha ido disminuyendo de forma constante desde entonces. Los adultos de los países desarrollados pasan ahora una media de dos horas y veinte minutos al día en plataformas digitales, casi un 10 % menos que hace dos años.
Es una transformación silenciosa pero profunda. Los usuarios no abandonan las plataformas; simplemente dejan de ser participantes activos. Navegan, pero no interactúan. Observan, pero no hablan. Según GWI, el porcentaje de personas que utilizan las redes sociales para comunicarse con amigos o expresarse ha disminuido en más de una cuarta parte desde 2014. Las redes sociales se están convirtiendo en medios antisociales, lugares de consumo pasivo donde el algoritmo reemplaza la conversación.
Históricamente, las fuerzas políticas de la denominada izquierda han atraído a los jóvenes con temas relacionados con causas progresistas como la justicia social, el ecologismo y los derechos civiles. Entre tanto, la supuesta derecha habla su idioma e intercepta su ira y frustración, relacionándolas con problemas que les afectan directamente, como el desempleo, el acceso a la vivienda y una sensación generalizada de precariedad.
La promesa de los populistas de “cambiarlo todo” parece resonar como un eco de las protestas juveniles, pero en clave reaccionaria. Según el estudio de Ro’ee Levy, “Redes sociales y polarización política”, el papel de las redes sociales en la polarización política es significativo. La polarización incita formas de extremismo político, con consecuencias tangibles: según un análisis de 2023 del Centro para la Lucha contra el Odio Digital, la viralidad del contenido extremista a menudo está impulsada por algoritmos, que generan ganancias publicitarias para las plataformas incluso con contenido límite.
Comprender el papel de las redes sociales en la política actual significa vislumbrar el futuro de la democracia, ignorarlo es un error garrafal.
Por: Luis Elquis Díaz – @LuchoDiaz12
