Por Marlon Javier Domínguez
Un maestro se acercó. El estudio de la ley había sido la prioridad durante toda su vida. Tenía la profunda convicción de que no se trataba de meras leyes humanas;sabía que aquél cúmulo de mandatos provenía del mismo Dios y, aunque no había sido testigo ocular de la teofanía del Sinaí, confiaba plenamente en la tradición de su pueblo: “El Señor de los cielos escribió los mandamientos en la piedra y los entregó a Moisés”.
Sus amplios ropajes impresionaban y, aunque lo que pretendía no era llamar la atención, aquella forma de vestir le dotaba de ciertohalo de autoridad: inspiraba respeto y confianza, y camuflaba casi perfectamente la inseguridad que se asomaba en sus ojos. Su rostro varonil, siempre con gesto adusto, reflejaba la esencia de quien a fuerza de letras y autodominio contuvo los impulsos de la juventud, pero no había podido contener los ímpetus de una razón que siempre buscaba respuestas.




