Equipos de marketing construyen la mejor versión de los candidatos para conquistar los votos, el esfuerzo se concentra en demostrarle al electorado que ese candidato, fulano de tal, es el ideal para dirigir los destinos del país, del departamento, del municipio o es el idóneo para elaborar las leyes que nos van a regir.
Pero el escándalo suscitado por la firma Cambridge Analytica que involucró a la poderosa Facebook en las campañas del Brexit en Reino Unido y a la presidencia de Donald Trump en 2016, abrió la puerta a la “nueva forma” de hacer política en el mundo; atrás quedaron los elocuentes discursos y las elaboradas propuestas para solucionar los problemas del país y, con la evolución de la publicidad visual, se empezó a apostar por figuras carismáticas, jóvenes, exponentes de la farándula o que se le parecieran. Atrás quedaron las figuras de hombres estadistas, viejos curtidos por la experiencia y preparados para gobernar: todo eso se cambió a unas elaboradas estrategias que tienen como insumo intervenir en las emociones del electorado y usarlo como herramienta de manipulación.
La realidad es que las campañas van dirigidas a una población que perdió la capacidad de pensar críticamente, que se desinforma con facilidad, que se traga sin chistar cualquier embutido por más burdo y elaborado que sea, y los expertos lo saben. ¿Se imaginan la IA elaborando videos del candidato X o Y haciendo o diciendo cosas que agiten el odio, el racismo o cualquier otro tema que genere división? Ya está sucediendo, y al menos hoy no es delito, y aunque éticamente no es correcto, todos sabemos que esa palabra perdió vigencia y lo realmente exitoso es ganar a como dé lugar. Irónicamente es de público conocimiento lo que sucede después de la borrachera donde el guayabo es el precio más alto que se paga después de la juerga, pero por algo el placer va primero.
No ganará quien tenga mejores propuestas, ganará el que mejor logre hacerle creer a la mayoría que él o ella encarna una especie de Mesías o salvador, en contra de una horda de malignos a los cuales, incluso, hay que “destripar”, literalmente, o los que por otro lado creen ciegamente que su contrincante es un mafioso y todo el que muestre simpatía es igual o peor a su candidato. El nivel de degradación de las campañas del próximo año, y en especial las presidenciales, caerá mucho más bajo que lo que hayamos visto en años; el uso de cualquier forma de hacer daño moral, de agredir la intimidad familiar de los candidatos, de efectuar “positivos judiciales” a través del aparato estatal y, si es el caso, la eliminación física del adversario, serán la constante.
El mundo se mueve y reacciona a través del estímulo que ofrecen las pantallas y los estrategas en neuromarketing político lo saben, o, ¿por qué creen que contratan por cifras escandalosamente millonarias a un personaje como JJ Rendón, Ángel Beccassino, o el muy tristemente célebre Sebastián Guanumen con su frase “correr la línea ética” en la anterior campaña presidencial Petro vs. Hernández? Créanme, se avecinan meses turbulentos donde los que aún conservamos intacto el olfato tendremos que taparnos la nariz para evitar vomitar sobre la realidad.
El electorado quiere ver sangre, quiere aplastar a su enemigo, porque eso sí, en campaña, lo estratégico es lograr venderle a una porción significativa de votantes que todos los problemas, incluido los cotidianos, son culpa del que gobierna y de paso del que votó por él. ¿Ven el peligro? Por lo menos en el pasado reciente sabíamos que la elección la ganaba el que mayor apoyo económico tuviese, los grandes grupos económicos se enfrentaban aportando miles de millones en las campañas para poder tener gobierno amigo que ayudara a impulsar los negocios. La realidad es que la plata la está poniendo otro tipo de gente y sus negocios dan miedo, mucho miedo.
No subestimen al candidato bocón, locuaz, vulgar, al que vomita insultos y siembra odio y promueve el enfrentamiento entre los unos y los otros, porque lamentablemente es ese el que representa no solo a una sociedad podrida y enferma como la nuestra, sino que es necesario para quienes quieren implantar el caos.
Por: Eloy Gutiérrez Anaya.




