El presidente Gustavo Petro y el fiscal general Francisco Barbosa, no son físicamente hombres atractivos, y tampoco originan empatía porque son soberbios, arrogantes y prepotentes en redor de sus atribuciones y funciones constitucionales y legales.
El diseño constitucional de la Fiscalía General de la Nación derivó equivocadamente en ubicar la institución en la rama judicial del poder público y a que al fiscal general lo investigue y acuse el Congreso de la República, como al presidente y los magistrados de las altas cortes. Esto ha conllevado a que todos los últimos fiscales generales se hayan envuelto en imbéciles vanidades personales.
Montealegre, Martínez Neira y ahora Barbosa sobredimensionaron el cargo de fiscal general y procuraron aprovechar el efímero poder que ostentan para figuraciones inútiles y vanamente altisonantes. Hasta en el lenguaje corporal deslucen. Los tres, sibilinos, que hasta asumieron posiciones de opositores, aún de los gobiernos que los ternaron.




