Las últimas salidas del presidente Gustavo Petro tienen muy preocupado al país porque no se sabe qué estará tramando. Su expresión, tanto política como personal y física, no es la misma; como si tuviera algo raro, en todas las tribunas se muestra agresivo y desafiante. Además, sufre una paranoia que puede explicarse debido a su pasado violento y guerrillero, con traumas que todavía no ha podido superar que le dejó muchas secuelas en su personalidad.
Insiste en tratar de revivir el M-19, alentando voces ya olvidadas que no hacen parte de la conversación política de hoy, en un país que exige soluciones y que su gobierno no las ha brindado. El cambio nunca llegó y, si a eso le sumamos su incapacidad de conformar un equipo para sacarnos de la corrupción y ejecutar un plan de gobierno, todo sumado, explica que esté así. No está loco, como sugieren algunos, está en campaña para mantener su proyecto y, para colmo, se está victimizando utilizando todas las formas para hacerlo.
Primero dice que le están dando un golpe blando cuando algo lo contradice; después dice que no es un golpe blando, que es un golpe de Estado no militar a través del CNE, porque inició una investigación, como ha pasado en las campañas de sus antecesores Duque y Santos. Ellos ejercieron su defensa en el marco de la institucionalidad, sin hablar de golpes de Estado.




