Dicen que toda comparación es odiosa pero toda regla tiene su excepción; ante la decisión de escoger quién gobernará a Colombia en los próximos cuatro años, toca recorrer mentalmente el país, analizar las condiciones en las cuales vive el 42% de los colombianos, percibir sus quitas, entender y compartir su desgracia centenaria, estrujar nuestro cerebro y luego decidir qué es lo más conveniente para solucionar sus ilimitados problemas.
Para esto tenemos que desagregar las cualidades y propuestas de los dos aspirantes a regir nuestros destinos en los próximos años, haciendo de “abogado del diablo”. En este paralelo tomaremos algunas variables relevantes.
1. Perfil socio-antropológico: Petro desde su juventud ha sido un luchador incansable por la justicia social; cuando apenas tenía 10 años, el fraude electoral a Rojas Pinilla en las elecciones de 1970, lo marcó; ese día surgió el M-19 porque le torcieron el pescuezo a nuestra historia cuyas consecuencias aún no hemos superado. Hernández, para entonces, tenía 25 años, y era un NN para el país. 2. Radiografía ético-moral: Petro, desde el Congreso de la República, denunció la infiltración, en este, del narcoparamilitarismo y la corrupción de los Moreno Rojas en la alcaldía de Bogotá, miembros de su propio partido, el Polo. Desde entonces ha seguido fustigando a los sectores mafiosos en el Estado, aún a expensas de su propia vida. Como alcalde de Bogotá manejó billonarios recursos sin contaminarse; han tratado de enlodarlo y siempre ha salido ileso demostrando que está por encima de toda sospecha.




