COLUMNA

Orígenes y legado de la Clínica de Ojos de Valledupar

Escribo esta columna sintiéndome uno más de la familia de la Clínica de Ojos de Valledupar. Que nació el 15 de noviembre, hace 30 años, gracias a su fundador y, desde entonces, su director, el oftalmólogo Edgardo Espinosa Ochoa.

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Escribo esta columna sintiéndome uno más de la familia de la Clínica de Ojos de Valledupar. Que nació el 15 de noviembre, hace 30 años, gracias a su fundador y, desde entonces, su director, el oftalmólogo Edgardo Espinosa Ochoa.

 Por otra parte, hace 150 años recibió el grado de médico de la Universidad de Antioquia, Jesús María Espinosa Jiménez, su bisabuelo —el primer graduado de ella— y, al igual que él, sus descendientes médicos Julián, Eduardo, Edgardo y Julián Jr., estos dos últimos oftalmólogos. Una familia antioqueña de médicos ilustres.

Motivos más que suficientes para la espléndida celebración que se llevó a cabo la noche del 15 de noviembre en curso en las instalaciones de la clínica, a la que concurrieron invitados muy distinguidos.

La conmemorada es una entidad que, con el tiempo, se convertiría en un referente muy reconocido entre las clínicas de ojos de Colombia.

Hace algún tiempo, su fundador me comentaba  que, una vez graduado, se propuso pensar qué ciudad del país sería más adecuada para ejercer su profesión. Y pasado el tiempo, no sorprende su decisión, en un país de “paisas”  inquietos  y viajeros, buscó entre varias opciones aquella que ofreciera un ambiente de vida sana y que colmara sus perspectivas de desarrollo en todos los sentidos, que le resultara estimulante. Así fue como, entre varias candidatas, su buen olfato le sugirió Valledupar, un lugar de bienestar apacible y confiable, con oportunidades de desarrollo y progreso.

Y así fue. He aquí, pues, la Clínica de Ojos de Valledupar que, con los años, se convertiría en un equipo. No son sólo médicos y auxiliares, sino una familia que aprendió a reconocerse y a valorar su aporte como algo único, y siempre con cercanía, porque lo que realmente importa no es el último equipo adquirido, sino la certeza de que el paciente se va con una explicación clara, con la tranquilidad de saber qué se hizo y por qué.

Y aquí llega una parte muy personal de esta conmemoración, la continuidad generacional. El fundador, que durante años fue la voz acogedora en la sala de espera, vio cómo su legado encontró continuidad en la siguiente generación. Su descendiente, Julián Jr., también lleva consigo la herencia de esa ética de cuidado, esa atención al detalle y esa curiosidad que no se apaga ante lo nuevo. Hoy, desde la misma familia y con la misma vocación, la clínica continúa su camino, con el mismo propósito, pero, seguramente, porque es obvio, con un enfoque renovado, dispuesto a abrazar innovaciones que mejoren la calidad de vida de los pacientes, sin perder la cálida cercanía que hizo especial a la Clínica de Ojos de Valledupar desde sus inicios.

Este aniversario de 30 años no es sólo una cifra. Es un relato tejido con historias de personas que, de una u otra forma, dejaron su huella en la clínica. Es una memoria que se renueva cada día cuando un paciente sale con la vista más clara, cuando un padre puede leer el nombre de su hijo en la escuela, cuando un abuelo puede reconocer el rostro de su nieto en una reunión familiar, cuando una mirada recupera su confianza gracias a un tratamiento bien aplicado. Es, sobre todo, un compromiso, seguir cuidando la visión como el regalo que permite leer el mundo con plenitud y, en esa lectura, seguir encontrando la humanidad que nos une. Aquí, rindo mi testimonio personal al respecto. Suelo molestar mucho allí, sobre todo a su director, rogándole su ayuda para continuar teniendo el placer de leer. Es verdad que ahora contamos con audiolibros, pero no es lo mismo. 

Hoy, celebramos esos 30 años con gratitud hacia todas las personas que cruzaron el umbral de la clínica: pacientes, familias, colegas y, gracias, especialmente, a la familia fundadora que convirtió una idea en un hogar para la vista. Si miramos hacia el futuro tenemos la certeza de que cada ojo que entra sale fortaleciendo esa historia, la historia de una clínica que aprendió a ver mejor porque aprendió a mirar al otro. Y, con esa mirada, seguimos adelante, con humildad, con ciencia y con la promesa de que la visión, cuando se cuida, ilumina muchos caminos por venir.

Por: Rodrigo López Barros.

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