Por José Atuesta Mindiola
Cuentan que hacen muchos años llegó a Valledupar un viajero y le dijo al párroco de la Iglesia Inmaculada Concepción: un santo quiero tallar porque yo soy carpintero, aquí no hay santo patrón que despierte en la región la fe con gran romería, déjenme en la sacristía para cumplir la misión; pero el viajero misterioso que dijo ser carpintero tenía poder milagroso, porque después de cinco días y sin explicarse cómo, la imagen de Santo Ecce Homo estaba en la sacristía. Al ver la imagen sagrada, asombrado dijo el párroco: ¡He aquí el hombre! Y será un santo de renombre para esta bella región.
Desde entonces los vallenatos veneramos la imagen sagrada del Ecce Homo que permanece en la Iglesia la Inmaculada y su potestad milagrosa se ha extendido más allá de la comarca que feligreses llegan deotrasregiones y las suplicas abundan cual lamparines alrededor de su altar. Hasta algunos presidentes en campañas llegan a pedirle apoyo para alcanzar la victoria y bendiciones para que su poder desanude las tormentas y la justicia relumbre en los días de su mandato. Otros al mirarle a los ojos se alejan con sus manos temblorosas por el peso homicida de la culpa. Llegan mujeres que confiesan el tedio y el vulnerable gemido del corazón por la ausencia repetida de su hombre. Madres nazarenas que le piden por los árboles que reducen la sed del estío, por la luna que llena de piedad el alma del guerrero y por la vida que es racimo de viento en la vendimia se los sueños.




