Por Marlon Javier Domínguez
El sol descendía y, en sus últimos suspiros, tiñó de diversos colores las nubes de aquél cielo, mientras un maestro y sus más cercanos discípulos emprendían el viaje. Se dirigían a Jerusalén, ciudad en la que para ellos el ambiente era hostil, pero en la que debían cumplirse ciertas profecías ininteligibles acerca de la redención, el perdón de los pecados y una cruz. Algo había mencionado el maestro, pero todo aquello no era nada más que datos inconexos de poca importancia: Jesús se encontraba en la cúspide de su popularidad y de ahí en adelante sólo cabía esperar el éxito. El fracaso no tenía lugar en el futuro próximo de aquellos caminantes, cuyos pies polvorientos encontraron reposo – horas después – en una aldea cercana a su destino.
La puertas de una casa se abrieron y, con inmensa alegría, fueron recibidos los depositarios de la esperanza de un futuro diferente para Israel, un futuro en el que las tropas enemigas no deambularan por las calles imponiendo sus absurdas leyes, en donde el culto al verdadero Dios fuera puro y sin restricciones.




