Empezaré siendo duro y franco: En Valledupar jugamos a dos caras, con hipocresía, cuando se trata del agua. En todas las canciones, en cualquier verso, poema o cuento, el río Guatapurí es la mayor fuente de inspiración, el dedo de Dios tocando el alma. Pero en la realidad es tratado con desprecio. En el valle que se ubica al lado de la sierra más alta del mundo, donde abunda el oro azul, estamos con el agua al cuello, pero tenemos sed.
“Como si fuera esmeralda derretida”, decía Aníbal Martínez Zuleta sobre el río que serpentea nuestro valle y ha sido musa de inspiración de todos nuestros juglares. Diez mil canciones hay sobre la fuerza de su creciente y sus aguas cristalinas. Hoy, sin embargo, el río anda enfermo, agónico por la contaminación.
¿Y por qué está enfermo? Primero, por el irrespeto y la desconsideración a la naturaleza: la acelerada deforestación, el vertimiento de residuos y químicos industriales en las aguas del río; por la minería ilegal, por la desbordante apropiación de agua para el agro y por la insensatez de residentes y turistas que arrojan sus basuras sin sonrojarse.




