Hay formas de violencia que no dejan sangre en las calles, pero que pueden ser igualmente devastadoras. Una de ellas es condenar a una persona a la imposibilidad de ganarse dignamente el pan de cada día cuando existen medios y oportunidades razonables para evitarlo. El desempleo no siempre es consecuencia de una decisión individual ni puede atribuirse automáticamente a la voluntad de quienes poseen capital. Hay múltiples factores que ningún actor controla por completo.
Lo cierto es que no pueden ni deben regalarse los recursos de un estado a la pobreza porque se acostumbra a no producir, pero si le entregamos trabajo digno estamos ayudando a su derrota.
La tesis central de esta columna es clara, aunque debe formularse con matices: quienes poseen capital, conocimientos o capacidad empresarial tienen una responsabilidad moral de contribuir, cuando las condiciones lo permiten a la creación de empleo digno y productivo.





