El pensamiento de mi papá era quedarse viviendo en la finca, tal y como lo había hecho durante casi toda su vida. Era un campesino en todo el sentido de la palabra, amaba la tierra y no era feliz en ningún otro lado que no fuera en sus fincas. Sin embargo, mi madrastra tenía otro pensamiento y otros planes y no estaba dispuesta a vivir en un “monte”, como constantemente se lo restregaba.
Así que era común escuchar todas las noches, cuando ya todos estábamos durmiendo, las discusiones entre mi papá y mi madrastra por el mismo tema. Ella exigía que la sacara del monte y terminaban en una discusión que subía de tono a esa hora, hasta despertar a todo el mundo.
Los últimos años en Los Venados, antes de irnos para Arjona, es decir, entre 1978 y 1982, nos habíamos mudado de Brasilia para el pueblo (Los Venados), y mi abuela tenía un pequeño local en su casa donde había puesto una tienda de abarrotes. Para la edad que nosotros teníamos, en mi caso, seis años, era una enorme tienda, pero pudo haber sido un ventorrillo con el que doña Irene —así se llamaba mi abuela— se rebuscaba unos cuantos centavos.





