COLUMNA

La cereza del pastel

Sí, esta ha sido la cereza del pastel. La resignación es una lengua que desde hace mucho tiempo aprendimos a hablar sin darnos cuenta. Aquí, en nuestra municipalidad, el ciudadano madruga, trabaja, paga lo que le corresponde y guarda, casi como un amuleto, la certeza de que nada va a cambiar. Décadas y décadas de […]

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Sí, esta ha sido la cereza del pastel. La resignación es una lengua que desde hace mucho tiempo aprendimos a hablar sin darnos cuenta. Aquí, en nuestra municipalidad, el ciudadano madruga, trabaja, paga lo que le corresponde y guarda, casi como un amuleto, la certeza de que nada va a cambiar. Décadas y décadas de anuncios incumplidos han curtido el ánimo colectivo hasta convertirlo en algo parecido a un callo; ya no duele el escándalo, apenas se registra como ruido de fondo. Lo que en verdad desconcierta, lo que rompe el guion aprendido, es la posibilidad —remota, casi sospechosa— de que las cosas funcionen. Vivimos, sin quererlo, en un momento que trastocó el asombro. Dejamos de sorprendernos ante la corrupción para sorprendernos ante la honestidad.

Por eso digo que esto ha sido la cereza del pastel, el toque final, le coup de grâce que corona un pastel que llevábamos años y años horneando con los mismos ingredientes: opacidad, indiferencia y una desidia institucional que se disfraza de normalidad o cotidianeidad. Un nuevo capítulo de corrupción se abre en la administración municipal, y el protagonista, una vez más, es el viejo conocido: el impuesto predial, tributo que sostiene —o debería sostener— el pacto elemental entre quien gobierna y quien habita la ciudad. No es novedad, lo sé. La corrupción, en estas latitudes, es ese telón de fondo que ya ni siquiera miramos porque lo hemos naturalizado hasta la ceguera.

Empero, ha corrido la noticia, y con ella un suspiro colectivo de alivio; al parecer no se robaron ni un peso. Qué consuelo tan curioso, qué manera tan nuestra de medir la decencia pública por lo que no ocurrió y no por lo que sí. Ese alivio se convirtió, para muchos, en una suerte de panacea moral; si no hubo pérdida de recursos, entonces no hay nada que lamentar, hagamos borrón y cuenta nueva, pasemos la página (o al menos esos nos quieren hacer pensar). Pero el intríngulis de este maremágnum sigue ahí, latente, incómodo, como una astilla que el cuerpo social prefiere no sacarse. Lo grave está en la arquitectura misma del engaño, en la voluntad deliberada de manipular lo público para beneficio privado, así al final la caja no haya sufrido el boquete que se temía.

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