Recordé, para ilustrar este tema que nos ocupa hoy, a una amiga que tuve en mi época universitaria, buena amiga, por cierto; me dijo al respecto sobre esta situación y fue más allá, al límite, creo yo: “Si me caso, no creo que será contigo, tú quieres tener hijos; si contraigo matrimonio con otro hombre, no tendré hijos, me ligaré las trompas de falopio y muy probable me haré extraer la matriz”.
Esta contextualización expuesta de aquella dama, que no he vuelto a ver, pero que supe no tuvo hijos me pone a pensar sobre el tema y creo que a ustedes también; a ella le llamaré aquí Marcia, manifestaba: ” No estoy de acuerdo con el aborto y no traeré hijos a este mundo para que sufran; disfrutaré mi vida sexual, se cuidarme para no quedar embarazada”. Al refutarle: cualquier hombre te pedirá tener hijos con él y me respondió con énfasis, muy segura de sí misma e inmediatamente: “Encontraré un hombre que me quiera como pienso, que no desee tener hijos, que piense igual que yo, pero eso si te digo Jairo no seremos asesinos de vidas indefensas de manera irresponsable”.
Marcia ya pasa del quinto piso, está casada y no tuvo hijos, viven muy felices, me lo han comentado, no ellos, otras amistades comunes desde esa época a la que me referí al iniciar este relato. Mis respetos por ella y él. Marcia me inspiró a escribir un artículo que titulé: Derecho a la vida y derecho a la muerte; en ese momento me desempeñaba como personero para la defensa de los derechos humanos de la ciudad de Cali; fui el personero más joven en ocupar esa dignidad, el referido escrito circuló en otro diario como: Nacer, un derecho en riesgo; el jefe de redacción se comunicó conmigo diciéndome: “personero, ese título está muy fuerte” y así circuló hace más de veinticinco años.




