Lo que empezó como una preocupación focalizada en sectores como La Nevada, hoy comienza a mostrar señales inquietantes de expansión. Los recientes hechos criminales contra pequeños comerciantes, con varios muertos ya, ataques a tiendas con disparos a fachadas desde motocicletas, no pueden leerse como episodios aislados. Son, más bien, indicios de que la dinámica de la extorsión podría estar asomándose en otros sectores comerciales de la ciudad.
Cuando la violencia aparece como mecanismo de presión, el fenómeno ya dejó de ser silencioso. La extorsión está cambiando de rostro. Ya no se limita a llamadas intimidantes. Ahora busca visibilidad, control territorial y generar miedo colectivo.
Es cierto que durante años se ha dicho, con razón, que la gran mayoría de las llamadas de extorsión provienen desde las cárceles. Pero hoy estamos viendo algo distinto. Ya no es solo la llamada. Se están presentando visitas, están dando la cara. Están enviando videos y fotos recientes de los establecimientos. Eso implica seguimiento, presencia y una capacidad de intimidación mucho más directa. Sin duda esto genera un temor profundo entre los comerciantes y estos hechos, posiblemente relacionados con la extorsión, dejan en evidencia que la extorsión está dando la cara.
Lo que está en juego no es menor. No es solo la estabilidad de algunos negocios. Es la tranquilidad de miles de pequeños comerciantes que sostienen la economía barrial. Es el derecho básico a trabajar sin tener que pagar por hacerlo.
La experiencia de ciudades como Santa Marta y Barranquilla debe servirnos de advertencia. En muchos sectores periféricos de estas ciudades, la extorsión terminó convirtiéndose en un impuesto criminal que asfixia al comercio pequeño, debilitando el tejido social y normalizando la ilegalidad. Valledupar aún está a tiempo de no recorrer ese camino.
Hoy se percibe una mezcla peligrosa: temor en los comerciantes, desconfianza en la efectividad de las denuncias y una sensación de impunidad que crece cuando las capturas no se traducen en condenas. Esa combinación es el terreno perfecto para que estas estructuras avancen.
Por eso la respuesta no puede seguir siendo reactiva ni fragmentada. Se requiere una estrategia integral y anticipativa.
Primero, inteligencia operativa real. Identificar y desarticular no solo a quienes ejecutan los ataques, sino a las redes completas que están detrás de estos hechos. Segundo, presencia institucional cercana. El comerciante necesita sentir que no está solo. Más allá de líneas telefónicas, se requieren mecanismos confidenciales, rápidos y efectivos que generen confianza. Tercero, articulación judicial. No basta con capturar. Es indispensable asegurar procesos sólidos que eviten la puerta giratoria. Cada caso que se cae fortalece al delincuente. Cuarto, liderazgo local. La Alcaldía, la Policía, la Fiscalía y los gremios deben actuar de manera coordinada, con metas claras y resultados medibles. La ciudadanía necesita ver control, dirección y decisión.
El mensaje también debe ser claro. Si la extorsión está dando la cara, la institucionalidad debe hacer lo mismo: enfrentar la criminalidad con decisión, inteligencia y resultados.
Valledupar está en un punto crítico, pero aún estamos a tiempo de frenar esta dinámica antes de que se arraigue. Aún podemos evitar que el miedo se convierta en norma.
Actuar hoy no es una opción. Es una obligación.
Por Ricardo Reyes
