En agosto de 1969, me trasladé a la ciudad de Cali a completar el estudio de la carrera de Medicina en la Universidad del Valle. Cuando presenté los documentos requeridos para matricularme, me advirtieron que mi certificado de exención de no declarante de renta estaba vencido, documento indispensable para poder pagar la tarifa mínima de la matricula, que entonces valía $150,00 (ciento cincuenta pesos), dinero que no tenía en aquel momento. En consecuencia, para mí ilógica, porque para matricularme me exigieron autenticar en notaría una letra de pago por el valor máximo de la matrícula, que entonces eran casi cinco mil pesos, además dicha letra la debía respaldar un codeudor.
En vista de que no tenía el dinero para pagar el costo de la autenticación notarial por la tarifa máxima de la matrícula, alegué que para mí el canon de la autenticación notarial era muy alto, y que lo más lógico para minimizar el costo, era que a la letra de cambio le pusieran el valor de la matrícula mínima, que era lo que a mí me correspondía pagar. Mi argumento fue aceptado, previa consulta en instancia superior. Mi amigo, Carlos Salgado Montoya, (q.e.p.d.), que también se estaba matriculando, ofició como mi codeudor.
Solicité la constancia de que estaba matriculado para cursar el tercer año de Medicina en la Universidad del Valle, y regresé al hotel donde me hospedé la noche anterior, cerca de la terminal de transporte de Cali. El costo por dormir en el hotel eran tres pesos y cada día había que pagarlos. Mi situación económica era calamitosa y la fecha para que me llegara giro de Valledupar era incierta, porque mi hermana Herlinda que, generosamente me ayudaba a financiar mi estudio con su salario, había tenido un gasto extra por enfermedad aguda de mi madre. Debido a que, en aquel momento, solo tenía doce pesos ya destinados para el pago de mi trasporte urbano, le pedí a la administradora del hotel que me permitiera el alojamiento sin pago diario, mientras recibía giro de Valledupar, ya que, por el pago de la matrícula había quedado sin dinero.
Le mostré la constancia de que era estudiante de Medicina de la Universidad del Valle, y me puso un plazo de quince días para la cancelación de la deuda acumulada.
A pesar de mi difícil situación económica, reanudé mi estudio de Medicina con el propósito indeclinable de seguir adelante hasta obtener el título de médico, mi amado sueño desde la niñez. Me alimentaba con las meriendas, que en el moderno estudio de morfología humana de la universidad le daban gratis a los estudiantes de Medicina, también en la cafetería de la universidad algunos compañeros de estudio ofrecían alimentos, entre ellos, recuerdo mucho a Alvaro Sánchez Periñán, (q.e.p.d.), mi compañero y amigo que me invitaba a comer en su casa cercana a la universidad.
El sábado de la segunda semana de haber iniciado el tercer año de Medicina, Jorge Acosta Valle, mi amigo desde la Universidad de los Andes y oriundo de la ciudad de Santa Marta, me invitó a la celebración del cumpleaños de la señora Laura Muñoz de Zapata la dueña de la casa donde él vivía. En aquel día, amanecí desanimado pensando que prontamente se cumplirían los 15 días para pagar mi hospedaje y mi hermana Herlinda no había podido enviarme dinero. Sin embargo, me animé a asistir a la celebración porque, seguramente habría suficiente comida y tal vez podría traer por lo menos para comer el domingo. En la fiesta estuve muy alicaído y doña Laura me brindó un trago de aguardiente, preguntándome por qué estaba tan triste: su amabilidad me dio confianza y le conté la causa de mi aflicción. Luego de comer me fui del festejo con viandas que me regaló la noble anfitriona.
El día siguiente, doña Laura y su esposo Alonso Zapata (q.e.p.d. ambos) llegaron al hotel, pagaron mi deuda y me ofrecieron habitación en la residencia de ellos. Con mucho agradecimiento acepté la tan oportuna generosidad con la condición de que yo les aportaría estipendios por mi estancia sin fecha fija. Me respondieron diciéndome que lo importante era que yo estudiara con buen bienestar.
Por José Romero Churio
