Por José Gregorio Guerrero
Cuando supe que la mujer de la sonrisa más hermosa que mi memoria guarda se había casado con un pintor ecuatoriano, dejando tirada aquella vida muelle de lujos y pompas a cambio de grandes sacrificios solo por amor; o cuando tuve enfrente a un viudo, que juró ante el cadáver de su insepulta esposa no volverse a enamorar, él, de apellido Núñez, cumpliendo el juramento al pie de la letra se mantuvo en estricta castidad; o cuando descubrí que el verdadero Fidel Castro no era el que vivía en la casa de “Lulo”, colgado en un cuadro al lado de un santo de tamaño real, sino en una isla llamada Cuba; supe entonces que Magicolandia era el nombre del sitio donde nací y no Valledupar.
Mucho tiempo después me lo ratificó un hombre que se creía carro, y otro menos ocurrente que en su imaginación era el amigo íntimo de los millonarios del mundo; y aquel alfarero impecable y bacanisimo que lo vieron hacer mil ladrillos un lunes santo sin ensuciarse su blanca indumentaria porque iba para la procesión.




