Salí a comprar un par de zapatos, pues era lógico que después de haber trabajado incansablemente todo el año, me diera el lujo de comprar algo que siempre me ha gustado tener y estrenar, ¡zapatos!
Le dije a uno de mis hijos que me acompañara y después de mirar de tienda en tienda y de todo tipo y clase, logré encontrar unos que me agradaron, y su poco peso, calidad y suavidad del cuero, como su suela gruesa y elegante, me entusiasmaron tanto, que dije para que me oyera el empleado encargado de atenderme: “¡estos son los míos!”
Tanto fue mi entusiasmo que ni siquiera pregunté por su costo.




