La soledad es una estancia del silencio. Un monólogo circular en el tiempo de la ausencia. Es un tren que viaja de noche con una sola pasajera, quien, a pesar de los colores de su vestido, siempre se verá en color negro.
Pero si hay soles en la soledad, esa luz será diadema para sentir los pálpitos del aire, el brillo de los ojos, la voz de los niños y la fuerza inmarcesible del amor. En Soledad Pérez Monsalvo su nombre fue metáfora, porque nunca estuvo sola. Hubo mucho sol que brillaron en su dignidad de mujer y maestra.
Desde pequeña, los suyos empezaron a llamarle ‘Sole’, por el color áureo de su piel y su cabello, y porque era apócope de su nombre; también la llamaban así sus compañeros docentes y sus estudiantes.




