Culmina la primera semana del año en medio de las posesiones de los nuevos mandatarios locales y regionales, de discursos y anuncios, caras nuevas en los despachos públicos y, en general, un ambiente de optimismo, mezcla de nuevo año y expectativas de cambio.
En prácticamente todas las ciudades y regiones los nuevos alcaldes y gobernadores se eligieron cabalgando sobre el desprestigio e impopularidad de sus antecesores. No les fue tan difícil ante la proverbial incompetencia de muchos de los autoidentificados progresistas y, como lo he señalado en esta columna, ante el rechazo de la ciudadanía a las políticas del gobierno Petro.
Es innegable que se respira un ambiente de optimismo, de esperanza en que las cosas van a cambiar. Grandes expectativas que se van a encontrar con dos circunstancias no muy favorables. La primera, la dificultad de producir resultados en el muy corto plazo, o sea, antes de un año. Y la segunda, la realidad de que la ciudadanía ya no concede lunas de miel más allá de ese plazo.




