Por estos días cuando los medios de comunicación registran dolorosas noticias de agresiones físicas entre las parejas y las órdenes de captura son el pan de cada día, aparecen los recuerdos de sucesos similares cuando me desempeñé como Inspector Central de Policía en Chimichagua.
De un momento a otro un hombre amoroso dejó que las compuertas de los celos se abrieran de par en par, emprendiéndola contra la mujer que le había dado la alegría de cinco hijos en menos de 13 años. A él le contaron en su jornada de pesca que ella le era infiel.
Esa mañana del tres de junio de 1985 Ignacio Díaz después de una larga jornada de trasnocho, canoa y atarraya llegó a su casa con el producto de la pesca. No musitó palabra, tampoco tomó tinto, como era su costumbre. Por dentro lo carcomía la rabia teniendo envenenado el cerebro y para medio calmarse salió a dar una vuelta por el pueblo sin rumbo fijo. Mientras tanto su mujer María Felipa Arias, estaba dedicada en fritar los pescados para el desayuno.




