Si de algo adolece el mundo de hoy es de líderes, de esos personajes que atraen, que llaman nuestra atención, que tienen ángel, que convocan, aquellos cuya cercanía nos nutre, quienes nos inspiran. La crisis de liderazgos que vivimos actualmente debe ser un campanazo de alerta para que tanto las estructuras familiares, como las escolares y universitarias, revisen el tema, replanteen esquemas y cojan ese toro por los cuernos.
Los líderes pueden nacer con ese chip pero también pueden hacerse. Cuando decimos que los líderes nacen, nos referimos a que desde la cuna y como producto de una mezcla genética este rasgo puede hacer parte del carácter de una persona. En caso de que el líder no nazca, podrá hacerse, formarse, entrenarse y llegará a serlo sin duda alguna.
La familia, lo que en ella se comparte, los temas que en ella se abordan, las conversaciones a la hora de la comida, por ejemplo, es la primera entidad llamada a aportar directamente para que los niños y jóvenes se interesen por este tema. Los padres de familia deben ser referentes de buen comportamiento, de cabalidad, de empatía y respeto por el otro.




