Imaginemos que estamos en la caverna de Platón, pero qué cambio en la narración ha surgido en la cueva clásica; ahora se nos cuenta nada menos que la historia que cierra la gran conversación sobre justicia, verdad y cuál es el mejor modo de vivir. El Libro X, el cierre de la República, funciona como una especie de saga que a la vez desarma algunas ideas previas y plantea preguntas todavía más atrevidas.
Primero, Sócrates y sus amigos ya han discutido mucho sobre qué es la justicia y por qué el alma de una ciudad-estado justa vale la pena perseguir. Pero ¿qué pasa cuando se trata de la justicia en el alma individual? ¿Qué sucede con las recompensas que promete la justicia y las propiedades del alma cuando se enfrenta a la muerte? Aquí entra un tema central: qué es la inmortalidad del alma y qué tal si esa inmortalidad no fuera tan bonita como algunos la imaginan.
La conversación se pone más práctica y, a la vez, más provocadora. Platón se toma la tarea de desmontar la idea de que la escritura, las artes y la memoria son simples ayudas para la verdad. Él se pregunta si la poesía, la música y las imágenes que nos rodean realmente forman parte de una educación que eleva, o si, por el contrario, nos arrastran hacia emociones desordenadas y sueños ilusorios. En otras palabras: ¿la cultura y la belleza están a favor de la verdad, o pueden volverse distracciones que nos alejan de la justicia?
Una de las escenas más comentadas es la defensa radical de la censura de la poesía cuando se trata de la educación de las almas jóvenes. Platón quiere que el guardián de la ciudad tenga cuidado con las historias que se cuentan, con los mitos que se repiten una y otra vez, porque esos mitos pueden moldear deseos y emociones de manera permanente. Si se quiere un alma recta y una ciudad templada, hay que vigilar el tipo de cuentos y cantos que llegan a los oídos de estos futuros ciudadanos. Las fábulas para Platón son el opio del pueblo.
Y aquí aparece la idea de la mimesis o imitación: la imitación no es inocente. Cuando un poeta recrea la realidad, no la reproduce tal cual; añade capas de
emoción y deseo que pueden desviar a las personas de la verdad. Por eso, según Platón, conviene limitar esas imitaciones en la educación de los guardianes, para que crezcan con una imaginación que apunte a lo verdadero y a lo bueno, y no a lo meramente placentero o desordenado. El Platón idealista, aquí es muy realista.
Luego, la obra se adentra en el tema de la justicia en el alma y en qué consiste vivir una vida de verdad. ¿Qué recompensas tiene la justicia cuando la muerte llega? ¿El alma, al liberarse del cuerpo, encuentra una especie de premio que compense las penurias de la vida justa? Platón plantea que la justicia interior no es una merced que se recibe en la otra vida, sino una armonía del alma en su propio centro: la razón gobernando, las pasiones moderadas y el deseo alineado con el bien. Esa armonía interna tiene un valor que no se agota con la muerte, sino que continúa en la memoria de la persona y en la forma en que vive después. Aquí es idealista. Y es que Platón es un divago; por eso hay que cogerlo con pinzas.
El libro culmina con un argumento atrevido y, para su época, radical: la inmortalidad y la inmersión del alma en la verdad. Platón sugiere que el alma puede contemplar la verdad eterna una vez que se libra de las cadenas del cuerpo, y que ese conocimiento eterno es una especie de premio que da sentido a la vida durante la carne. Este final no es solo una promesa de felicidad ultratumba; es una invitación a vivir de modo que la vida presente sea una preparación para esa contemplación superior. Aquí interioriza la ética, cuyo cultivo personal hace feliz al hombre.
En resumen, el Libro X cierra la gran obra con una mezcla de crítica cultural, defensa de una educación que priorice la verdad por encima del placer, y una visión de la justicia que trasciende la ciudad para convertirla en una disciplina del alma. Es, en palabras simples, una invitación a cuidar lo que pensamos, lo que sentimos y lo que aspiramos a ser, porque todo eso deja huella en la vida y, de algún modo, en lo que pueda venir después.
Es claro el planteamiento de una ética que premia o castiga, según el comportamiento terreno, que posteriormente, con creces, heredará el cristianismo.
Por: Rodrigo López Barros
rodrigolopezbarros@hotmail.com





