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¿Amigos políticos o políticos de amigos? (Primera parte)

En alguna ocasión les planteé la pregunta de qué era mejor, si tener políticos que incursionaran como empresarios o tener empresarios que incursionaran en la política; la gran mayoría estuvo de acuerdo en que era muchísimo mejor que los empresarios se metieran a la política porque la realidad es que, en las regiones donde esto ha ocurrido, el progreso se nota.

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En alguna ocasión les planteé la pregunta de qué era mejor, si tener políticos que incursionaran como empresarios o tener empresarios que incursionaran en la política; la gran mayoría estuvo de acuerdo en que era muchísimo mejor que los empresarios se metieran a la política porque la realidad es que, en las regiones donde esto ha ocurrido, el progreso se nota. Por supuesto, con las excepciones del caso como nuestra ciudad, pero ese no es el tema.

Es que “la política es sucia”, “está llena de traiciones y engaños”, “es que para meterse a la política se necesita venderle el alma al diablo”, “hay que tener el hígado negro” y muchísimos prejuicios que rodean el noble arte del acceso al poder. Para mi caso, no me da vergüenza reconocerlo, vine a entender que todo lo que se mueva alrededor del poder está cargado y plagado de este tipo de prácticas que el 99 % de la sociedad jamás va a entender; es por eso que ante la primera traición sucumbimos y se nos viene el mundo encima, porque tendemos a creer que acceder al poder se hace pidiendo permiso, diciendo por favor y poniendo de antemano la escala de valores con la que nos criaron. Pues déjenme decirles que eso no existe y espero no me malinterpreten.

Debo también recordarles que en algún momento les hablé de diplomacia y que, en resumen, no es otra cosa que mandar a la mierda a otro y garantizar que la persona vaya feliz y agradecida. La capacidad que se tenga de maniobrar y moverse en este mundo y en este arte dependerá en gran medida de si logramos nuestros objetivos y metas personales o profesionales y, créanme, no todos estamos preparados para habitar en ese mundo. La mejor descripción de lo que es actuar en política y diplomacia son dos personas sentadas en una mesa negociando: la una le apunta por debajo de la mesa con una pistola nueve milímetros cargada y la otra le puso un explosivo en la silla y tiene el botón en la mano. A esto se le llama negociar con ventaja.

Ahora bien, todos reducimos el arte de “hacer política” a una serie de prácticas que para la mayoría resultan detestables; insisto, porque las vemos desde el prisma de nuestra escala de valores en donde priman dogmas como “pobre pero honrado”, “la sinceridad por encima de todo”, “lo importante son los sentimientos” y otra serie de códigos que nuestros padres nos inculcaron cuando éramos niños. Códigos que en los niveles del poder no existen o no aplican y, si subimos la escala, llegamos a escenarios donde no estaríamos preparados para permanecer ni un minuto sin salir vomitando; créanme, sé de qué les hablo.

Detrás de las campañas electorales hay en juego varios niveles de poder. No es lo mismo lo que está en juego en una campaña para aspirar al Concejo del municipio de El Paso a elegir un senador de la República en un partido como el Conservador o el Centro Democrático; no es lo mismo. Como no es lo mismo los niveles de alianza que se tejen para la alcaldía de un municipio pequeño y pobre como Astrea, por ejemplo, a los que se pueden mover en una elección a la Alcaldía de Bogotá. El tamaño de las traiciones, demostraciones de poder y el uso de las herramientas válidas en una campaña como esa no tienen punto de comparación. Mientras en la primera lo máximo que puede aspirar un candidato de un municipio pequeño es sacarle un pasquín a su rival, para el caso de la capital va desde moverle un proceso en alguna de las “ías”, esculcarle algún escándalo del pasado y usarlo como arma de chantaje o buscarle una inhabilidad y chantajearlo con ello.

¿Y qué tiene que ver todo esto con tener amigos políticos o políticos de amigos? Pues que si usted no entiende las dinámicas del poder real, no ha estudiado ‘El príncipe de Maquiavelo’ o leído ‘El arte de la guerra’ y entendió a fondo a Voltaire cuando habló de la amistad, no sabe que en lo más alto del poder, la amistad no existe.

Por:  Eloy Gutiérrez Anaya

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