El maestro Leandro Díaz (20/02/1928-22/06/2013) vive en el esplendor perdurable de su obra poética y musical. Dios lo premió con el talento de artista. Y el artista es, por naturaleza, un ser de espíritu rebelde, capaz de percibir los misterios de la luz y la sombra, los sonidos del dolor y los motivos de la fiesta; a su mente emerge el poder de la imaginación, fuente liberadora que vence las ataduras del conformismo.
Para la memoria histórica de la cultura vallenata, Leandro Díaz, por sus virtudes y la calidad sublime de sus canciones, es una leyenda. Es que su existencia fue un verdadero milagro, y se percibe en sus testimonios: como sabía que su vida era el canto y la composición, desde aquella noche de su infancia en la finca “Los Pajales” (La Guajira), mientras dormía escuchó una voz que le dijo que se fuera, que su futuro no estaba ahí. Y como en la profecía bíblica, sale cual peregrino que solo lleva consigo la luz interior de la esperanza. Su primera estación es Hatonuevo, donde se gana los primeros pesos en parrandas. Y prosiguen las estaciones: Tocaimo, ahí fue el despertar de su talante de compositor, y años después a San Diego, donde permanece la mayor parte de su vida, y es el edén de su grandeza artística y familiar; forma su hogar con Clementina Ramos, y entre sus hijos, el reconocido cantante Ivo Díaz. En Valledupar, vive sus últimos años.
Decía Leandro: “Uno debe poner su vida en todo lo que hace, para que todo salga bien”. Su condición de invidente le impidió concentrarse en las imágenes visuales, pero desarrolló otras capacidades sensoriales que le permitieron percibir impresiones diversas; y pudo describir los colores del viento, la sonrisa de la sabana, la tristeza de los árboles y el abecedario secreto del amor y la amistad. Dedicaba horas a pensar en el destino del hombre y en la naturaleza. Pensaba las cosas, y de tanto pensarlas las transformaba en canciones. Esto lo plasmó en uno de los versos de su canción ‘Tres guitarras’: “Colombia sabe que tiene un compositor/ que solo canta después que logra pensar”.
La presencia de los tres guitarristas sandieganos (Hugo Araújo, Antonio Brahím y Juan Calderón) fue importante para motivar su obra musical. El dúo con el acordeonero Toño Salas, también fue significativo para difundir sus canciones en las parrandas en El Plan, Villanueva, Manaure, La Paz, Valledupar y otros pueblos de la región.
Alberto Salcedo Ramos, en el libro ‘Diez juglares en su patio’ (1991), incluye una entrevista a Leandro, y entre sus reflexivas respuestas: “En mi caso, la ceguera ha sido también una forma de música. Le pongo un ejemplo: aquí, en mi casa, se va la luz a cada rato. A veces se va de noche, y entonces mi mujer y mis hijos se pierden, no encuentran los rumbos de la casa. Tengo que levantarme a resolverles el problema. Ellos se pierden porque han vivido en el mundo de la luz. En cambio, yo tengo que crear mi propia luz y tener dentro de mí los caminos de la casa”. La sensatez de meditar las estaciones del camino y el tamaño de las distancias, para transitar seguro y evitar las caídas, le proporcionaba la importancia de la precisión en la medida. Y este concepto lo aplicaba en la métrica de los versos, porque la medida es básica en la armonía musical.
Por Jose Atuesta Mindiola
