Por: José Gregorio Guerrero
El día lunes me llama al celular Jacobo Solano con una algarabía descomunal. Tal fue el escándalo, que yo logré creer que se había entregado Canosa como acto de buena fe, con los sacos de dinero que se le fueron detrás; o que ya el Tránsito municipal tenía en su poder el número de la placa de la nave espacial que lo dejó caer sobre la silla del despacho de la gobernación, y que la Fiscalía tenía el nombre del marciano liberal que la conducía.
Ninguna de las anteriores; “José” el esposo de Carmen su colaboradora domestica había ido a ver un accidente ocurrido en la esquina del Palacio Chino y con solo verle la apariencia ensangrentada al motorizado dijo: “ese fue mucho cascarazo” y remató “está listo” al devolverse a casa Carmen recibe una llamada donde le informan, que José su marido se había accidentado en la esquina del Palacio Chino, ya se imaginarán ustedes la reculada de Carmen. Al llegar por segunda vez al sitio, ya estaba allí la otra mujer de Jose, y entre las dos lo bajaron de sus pertenencias: el reloj, la cartera, y ambas le guardaron a cargas iguales lo de valor. Carmen si notó que el pié del accidentado no era muy grande como de costumbre, pero pensó que de pronto los nervios ponen pequeña las cosas.




