Nuestra música vallenata nos ha demostrado que tiene más vidas que un gato, hace muchos años le vienen anunciando su decadencia e inclusive hasta su muerte, le han puesto ya hasta fecha de vencimiento, y el vallenato ahí. Nuestros compositores e intérpretes viven reinventándose a cada momento, con tal de no perder vigencia se ha acudido a estrategias de esas que conllevan bastantes riesgos, uno de ellos el de ser tildados de sepultureros de nuestra música.
Yo recuerdo como si fuera ayer, cuando irrumpen muchos músicos vallenatos a componer e interpretar en vez de sones, paseos, puyas y merengues, guarachas, charangas, paseboles, paseaitos y toda una gama de ritmos que solo buscaban airear el vallenato, que lo que querían era darle gusto a la juventud de ese momento que quería “música para mover el esqueleto”.
También recuerdo que por aquella época nadie intentó crucificar a Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez o Aníbal Velázquez, por solo mencionar tres de los insurrectos, que se atrevieron inclusive a crear nuevos aires, a innovar y resistir las críticas, gustaba tanto aquella música por los años 60 y 70 que los que mandaban la parada en casetas, verbenas y bailes populares eran precisamente ellos, no los auténticos vallenatos, a estos últimos los contrataban solo para tocar parrandas.




