En su más reciente libro, ‘La revancha del poder’, Moisés Naím dice que la democracia está en peligro porque los autócratas están reinventando la política en el siglo XXI con tres categorías que él denomina las 3P (no las del paseo): Populismo, Polarización y Posverdad, conceptos a los cuales Duque ha hecho referencia en los últimos días, tal vez para impresionar al auditorio como en otrora lo hizo con la economía naranja de la cual ya no queda nada, excepto las guayaberas de Tuto Uhía.
La verdad, ninguno de estos términos es extraño en cualquier sistema de gobierno, incluida la democracia. El populismo es definido coloquialmente como un conjunto de trucos para acceder al poder mediante la descalificación de las élites gobernantes, el engaño a sectores populares nunca atendidos y la división de la sociedad en clases enemigas. El populismo es tan antiguo como la humanidad y ha sido concomitante con la división social, no su causa.
No hay que confundir el diagnóstico serio de una sociedad con el populismo pero es lo que a menudo ocurre. Un diagnóstico permite señalar las fallas que tenga un proceso cualquiera pero a algunos no les conviene que se revele; a quien lo haga lo llaman populista. Con esta concepción ya entraríamos al campo de la posverdad que es la manipulación de la información y la distorsión de los hechos, desestimando los datos y la ciencia. La mayor capacidad de desinformar la tienen los dueños del poder porque poseen todos los medios a su alcance.




