Confieso que ya no creo que la mejor manera para poner freno al conflicto armado es la negociación con los violentos. Primero, por razones éticas: los pactos con los violentos se han hecho a cambio no solo de impunidad sino de beneficios económicos y políticos que no tienen los ciudadanos que jamás han delinquido.
Es el precio de la paz, dicen. Un precio excesivo y que tiene consecuencias indeseables. Rompe dos principios democráticos fundamentales: el de la igualdad frente a la ley, para tratar mejor, vaya paradoja, a quien la viola, y el de que el crimen debe tener castigo efectivo. Y la impunidad y los beneficios constituyen un estímulo para delinquir.
Para rematar, los acuerdos con los violentos no han conseguido el resultado que los justifican. No ha terminado el conflicto armado y los narcocultivos se han multiplicado por cuatro.




