Cada año el mundo católico conmemora la pasión de Cristo-Hombre, quien murió por plantear un nuevo paradigma de amor, paz y solidaridad, desde un rincón del mundo llamado Palestina, lugar donde muchos utilizaron la violencia, como los Zelotes, para liberarse del yugo romano que los sometía a tributar con el contubernio de un reducido grupo fratricida de sus paisanos, anclados en el Sanedrín, los saduceos, que vivían de esa explotación.
Cualquier parecido con nosotros es pura coincidencia. Muchos fueron los intentos violentos de los Zelotes y otros grupos por conseguir su libertad, en cuyas gestas libertarias varios murieron en un proceso centenario: el profeta Teudas ‘El egipcio’, Astronges, Simón de Perea, Judas ‘El galileo’ y su nieto Menahem, Simón Bar Giora, Ezequías el jefe de ‘Los bandoleros’, todos con ambiciones mesiánicas de liberación; el penúltimo de estos héroes fue ‘El samaritano’, crucificado por Poncio Pilato. Se cree que Simón Pedro y su hijo Judas, pertenecían al grupo de los Zelotes que, con una daga llamada sica, apuñalaban a los romanos para disuadirlos; de ahí, tal vez, viene el término sicario.
Más fueron convocados por Jesús a hacer parte de los 12 apóstoles; el mensaje de esta inclusión es que la paz se hace con todos. La expresión de Simón Pedro, al decirle a Jesús que él no era un pescador sino un pecador, tiene sentido. Estas manifestaciones violentas de liberación se hicieron muy sensibles para Roma, tal que Pompeyo ‘El Grande’, en el año 63 a.C., destruyó a Jerusalén para intimidar a los rebeldes.




