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La parábola de la rana hirviendo

A través de la metáfora de la rana en agua caliente, el autor reflexiona sobre cómo los ciudadanos han terminado normalizando el deterioro progresivo de Valledupar. La crisis de los servicios públicos, la movilidad, la infraestructura y la falta de autoridad son presentadas como señales de una ciudad que se acostumbra lentamente al caos.

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Un chef atrapó a dos ranas y puso una olla con agua a hervir. Cuando ya estaba lo suficientemente caliente, metió a una de las ranas; al animalito sentir cómo se le quemaban sus patas, dio un salto y escapó por la ventana. Luego puso otra olla, esta vez con agua al clima, y metió a la segunda rana; el animal estaba en su ambiente natural, cómodo y plácido. El chef empezó a calentar lentamente y de manera sutil el agua, de tal modo que los cambios en la temperatura eran tan sutiles que, cuando la rana se quiso percatar de la situación, ya estaba cocida.

Al principio es una calle rota; inicialmente la gente protesta, siente que esa calle rota es un problema, que no se ve bien y que alguien debería arreglarla, pero los responsables de ese arreglo no lo hacen. Posteriormente, alguien empieza a ignorar la luz roja del semáforo; son unos pocos, los demás les hacen sanción social, adelantan al infractor y sutilmente le hacen caer en cuenta de que lo que acaba de hacer está mal, que está poniendo en riesgo no solo su vida sino la de otros. Esa sanción al comienzo surte efecto positivo, pero luego son muchos los que lo hacen y muy pocos los que respetan la luz roja, y cuando lo hacen, un infierno ensordecedor de pitos detrás de ellos los presiona para que se salten el semáforo; luego, uno que otro vehículo estacionado en una avenida, solo es un momento mientras hace algo, luego son muchos más y al final es todo el mundo.

Y un día cualquiera ya no hay presencia de la autoridad, quienes previenen el delito o intervienen cuando se está cometiendo. Van desmontando poco a poco la regulación del tránsito, ya no hay quien asista a un choque, quien haga un croquis y quien dirima la responsabilidad, pero lo vamos aceptando a cuentagotas como algo “normal”. Así, levemente, vamos aceptando cada desorden, cada calle rota, cada caos y vamos normalizando aquello que nos hace daño y nos devuelve a la edad de piedra.

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