Desde sus inicios, con el concilio de Nicea (siglo IV), el cristianismo fue cooptado por una élite político-religiosa que impulsó intereses diferentes a los que Jesús el nazareno predicaba. Los contenidos de la Biblia, durante mil años, toda la edad media, solo los podían leer los clérigos, como si algo faltara; parece que se necesitara una acomodación de textos.
Es un largo periodo oscurantista no suficientemente aclarado por el Vaticano. Las primeras revisiones las pidió Lutero, quizás por los excesos mercantilistas del papa León X y por las extravagancias de otros papas cuyas conductas son dignas de examinar: Leones, Silvestres, Clementes, Inocencios, Píos, Benedictos y otros más; incluso, Juan XXIII, el llamado “papa bueno”, firmó el documento “Crimen Solicitations”, mediante el cual se ordenaba mantener en secreto los abusos sexuales cometidos por clérigos.
Al final de la década del 60 del siglo pasado, surgió en América, en especial en Brasil, Colombia y Argentina, el concepto de Teología de la Liberación, un movimiento revisionista que pedía actualizar conceptos y prácticas cristianas.




