Por Mary Daza Orozco
Es un cuento que escribí hace veinticinco años, cuando mis narraciones eran endebles y un tanto inocentes. Ni me acordaba de él, pero Jairo Cala Otero, mi amigo y colega, no solo en el periodismo sino en el oficio de escritor y de defensor del buen uso del idioma, como yo, me lo envió e hizo que estos días fueran para mí un festín de bellos recuerdos y de dulces añoranzas.
Lo tenía mi amigo porque fue escrito para él, pero no es el argumento lo que voy a comentar, porque ahora lo habría escrito diferente, aunque la carga de ternura que tiene creo que se la dejaría; quiero destacar el encanto que despiden los viejos escritos, al leerlos es como si se abriera el mundo de los asombros y se hicieran presentes las preguntas; asombros de que la línea, el estilo y la realidad que los inspiró quizás no sean los mismos y las preguntas: ¿por qué escribí así, por qué no así? Hasta que se cae en cuenta de que éramos más jóvenes, que no habíamos vivido lo suficiente para empapar de vigor la narrativa a la que no dedicaríamos toda la vida.




