Hace un mes me enteré que Ómar Lasso Echavarría, exlibrero de «Macondo, libros y tertulia», estaba en una clínica de Popayán, había sido internado allí para una delicada cirugía de cerebro (un tumor). Mi reacción fue de incredulidad, debido a que en sus 64 años nunca lo había visto enfermo, salvo alguna gripa. Su hijo Emilio me confirmó la novedad. La cirugía fue exitosa, en el sentido de salvarle la vida. Ya convaleciente, lo visité en su casa; conversé con él y verifiqué que sus facultades físicas y mentales, lo mismo que su lenguaje, estaban intactos.
Pero el hombre que saludé y con el que conversé una hora, sí era otro. El anterior era un convencido ateo, agnóstico, no creyente (todo eso junto), que hacía bromas y sarcasmos con las cosas sagradas y cualquier actitud piadosa. Yo, que soy medianamente creyente (que creo en Dios, pero no frecuento misas), tuve que asimilar más de un banderillazo del otrora racionalista filósofo.
Ese, digo, era el de antes; porque el de ahora es un hombre absolutamente respetuoso de lo sagrado y de esa otra realidad que en una palabra se conoce como «milagro». No obstante, hago esta salvedad: el Ómar de hoy no es el convencional creyente de oraciones, ni de un Dios que está en el cielo.




