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La lagaña solo se ve en el ojo ajeno

Con mucha facilidad nos damos cuenta de los defectos ajenos, cuando los nuestros pueden ser mayores; es lamentable desde el punto de vista ético, la facilidad con la que algunas personas se dedican a ratificar o hacer ver a los demás algún error o defecto de otras, pero que son incapaces de reconocer los propios.

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Popularmente este es un refrán muy oportuno para analizar en estos momentos en que, las pasiones en su estado obsesivo, por las condiciones de tipo político que se manejan de frente a unas elecciones de carácter popular ahora para las diferentes gobernaciones, asambleas, alcaldías y concejos, que ya están en su remate final, y que de cualquier insensato espectador, cuando para rematar a un contrincante y en especial a los posibles ganadores, se denigra de la dignidad de estos y se recurre al arma maldita, el odio desmedido, producto de resentimientos profundos, muchas veces inculcados por el sentir de otros, que tiran la piedra y esconden la mano, y que detrás del telón donde ocultando su mediocridad, siempre como soles opacados, actúan.

Con mucha facilidad nos damos cuenta de los defectos ajenos, cuando los nuestros pueden ser mayores; es lamentable desde el punto de vista ético, la facilidad con la que algunas personas se dedican a ratificar o hacer ver a los demás algún error o defecto de otras, pero que son incapaces de reconocer los propios.

El ser humano es un cúmulo de emociones que cuando se vuelven obsesivas hacen perder la racionalidad en sus actuaciones.

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