Las sociedades en muchos países del mundo están compartiendo algo: la polarización política. Los modelos de administrar el estado, sus propuestas y las izquierdas y las derechas, se están mostrando los dientes más que nunca en la historia reciente.
Este fenómeno se está haciendo muy evidente en las diferentes elecciones que se han llevado a cabo en países como el nuestro -en el que la izquierda se impuso por cerca de 600 mil votos en un universo de 22 millones-; en Brasil -donde Lula Da Silva le ganó a Jair Bolsonaro por un pírrico 1.5%-; en los Estados Unidos -donde las elecciones de mitad de periodo dejan muy seguramente a los republicanos recuperando el dominio de la Cámara de Representantes y posiblemente del Senado pero por diferencias muy pequeñas a su favor-; en Perú -donde Pedro Castillo le ganó la presidencia a Keiko Fujimori por 0.3% de los votos-. Estos son sólo algunos ejemplos…
¿Por qué nos está pasando esto? De alguna manera es claro también que la juventud está participando con mayor dinamismo en las elecciones y se muestra proclive a apoyar las tendencias mal llamadas progresistas -así lo afirmo porque muy por el contrario, estas apoyan políticas retardatarias de origen keynesiano que solo generan mayores gastos a cargo de los estados impidiendo así progresar, crecer y reducir la deuda pública-. Resulta bien particular que quienes pocos impuestos han pagado -fruto de su trabajo- tengan la intención de exigirle al estado un mayor compromiso en términos de subsidios y ayudas.




