Hace unos pocos días se le otorgó a la escritora canadiense Anne Carson el premio Nobel de Literatura. ¡Qué decisión tan atinada y justa! dije con una alegría que sale de muy adentro. Una mujer que con sus letras prescinde de lo que no es esencial, que desnuda la palabra como el viento desnuda la fría roca ante la cual todos debemos orar, suplicar, rogar, como bien dicen. En sus textos, los que la han leído consideran que hay una súplica por el retorno a la primera voz, a la primera vez en donde el recuerdo se instaura en la mente.
En algunos de sus poemas ella toma a la madre como la lengua, como la fuerza, como el inicio del mar en el que hay que zambullirnos para hallar el recuerdo que inunda de agua la casa, esa en la que no podemos estar aún, la que estamos por habitar, la creada y descreada, en un intento de ser.
Nos hace imaginar que hay cuchillos que desuellan las horas y por ello nos atrevemos a materializar el tiempo inexistente para muchos de nosotros que jugamos a ser poetas anteponiendo la locura a la cordura. Nos conduce a imaginar que cada noche que cae sobre nosotros lo hace en forma de un vacío deslizante, permitiéndonos, claro está, que nuestros ojos cerrados o abiertos proyecten formas de antiguas compañías mientras perdura la noche y se asoma la aurora. Y ni qué decir cuando imaginamos que somos solitarios navegantes de un océano sin barcos y hasta tal vez sin océano y nos pasamos la vida implorando piedad por nosotros, pobres navegantes e ilusos descubridores de playas más mudas que dormidas.






