La pandemia del COVID-19 en 2020 y las medidas que tomaron los gobiernos para contrarrestarla, condujeron a la peor crisis económica a nivel mundial desde la gran depresión de 1929. La economía global se hundió un -4.3 %. Aunque el efecto rebote se tradujo en un crecimiento de la economía mundial del 6.1 %, la reactivación se vio ralentizada por la afectación de las cadenas de suministro, con el consiguiente aumento de los fletes y de los precios de las materias primas, provocados por la crisis de los contenedores.
Cuando apenas brotaban los primeros retoños verdes de la recuperación de la economía se produjo la invasión rusa a Ucrania y esta conflagración derivó en una confrontación de los países que integran la OTAN contra el Kremlin. A raíz de las sanciones impuestas contra Putin, entre las cuales se destaca el embargo de sus ventas de petróleo y gas a la Unión Europea, repercutieron en un alza desmesurada de sus precios, así como los de su sucedáneo, el carbón.
Los altos precios de los energéticos, que alcanzaron niveles históricos, afectaron la cadena alimentaria, tanto en sus fases de producción y distribución, debido al encarecimiento de los insumos agrícolas de los cuales Rusia y Ucrania han sido tradicionalmente la gran despensa. Y no era para menos, habida cuenta que este sector absorbe el 30 % de la demanda total de energía en el mundo. Ello explica en gran medida la escalada alcista de los precios y la incontenible inflación global.




