Hay discursos que no buscan comprender el mundo, sino dividirlo. No aspiran a iluminar la realidad, sino a ordenarla en bandos morales. El discurso comunista contemporáneo —al menos en su versión más difundida— parece responder a esta lógica: no se construye como una propuesta racional de transformación social, sino como una retórica del conflicto permanente.
Canalizar frustraciones sociales hacia un “enemigo” abstracto —la clase rica, el sistema, el lenguaje tradicional— evita enfrentar causas estructurales más complejas, como la corrupción, la ineficiencia administrativa, la pobreza como tal o la falta de cultura de calidad. El discurso se mantiene emocionalmente intenso, pero conceptualmente pobre.
Desde una perspectiva filosófica, el problema no es la crítica a la inequidad —legítima y necesaria—, sino la reducción del ser humano a una identidad fija: ya no es alguien que actúa, decide y se equivoca, sino un símbolo útil para sostener el relato de la lucha eterna.
Esta insistencia en el enfrentamiento no pretende resolver la pobreza, sino preservarla como argumento. Cuando el conflicto se vuelve el centro del discurso, su superación sería casi una traición ideológica. Por eso abundan las consignas y escasean los programas: la consigna moviliza afectos, produce fe; el programa exige responsabilidad, produce resultados.
En cuanto al lenguaje, el uso de fórmulas como “soldados y soldadas”, “los nadie y las nadia” o duplicaciones forzadas de sustantivos colectivos tiene una intención simbólica más que comunicativa. Desde el punto de vista lingüístico, el español ya posee mecanismos inclusivos —el masculino gramatical como género no marcado— reconocidos por siglos de uso. La insistencia en alterar esta estructura no busca precisión ni claridad, sino marcar una posición ideológica. Es una forma de decir: “no solo pienso distinto, hablo distinto”. El lenguaje se convierte así en un campo de batalla cultural.
La deformación deliberada del castellano —mediante duplicaciones innecesarias o fórmulas ajenas a su estructura— no responde a un afán de precisión, sino de dominación simbólica. Quien redefine las palabras intenta redefinir la realidad. No se trata de hablar mejor, sino de hablar “correctamente”, según el canon ideológico del momento.
Esta violencia sobre el lenguaje no es inocente. Forzarlo es un modo de declarar guerra al pasado y, al mismo tiempo, de señalar al disidente: quien no adopta la nueva jerga es sospechoso moral.
Finalmente, está debajo una ética del resentimiento. No el resentimiento como emoción humana comprensible o como sentimiento, sino como herramienta política. En lugar de orientar la indignación hacia la construcción de soluciones, se la mantiene viva como juego de poder. El discurso no libera: administra la frustración.
En este sentido, no estamos ante un proyecto filosófico de emancipación, sino ante un discurso que necesita del conflicto para existir. Una ideología que no dialoga no persuade y no crea: solo repite, señala y grita para sustituir al pensamiento. El lenguaje deja de revelar la verdad y se convierte en un simple instrumento de dominio.
En suma, el resultado es un discurso repetitivo, lingüísticamente forzado y de alto populismo, políticamente calificado de eficaz, que termina en el “rebusque” y el exhibicionismo, haciéndolo intelectualmente limitado.
En el fondo, el discurso, fiel copia para cualquier protagonista o grupo completo, enseña que tomar la vida —y las ideas— con excesiva gravedad y falta de ironía es una forma de violencia que puede destruir lo humano, y que donde no se tolera la ambigüedad ni la risa, la libertad está en peligro, porque “esos grandes discursos ideológicos” aplastan las vidas concretas sin siquiera notarlo cuando no existe el más mínimo sentido del humor.
Cuando la ideología pierde el humor, gana el grito, aparece el resentimiento y la pobreza del lenguaje; entonces el discurso busca el conflicto para existir.
Por: Fausto Cotes N.
