Por José Atuesta Mindiola
Todos necesitamos un espacio para poder pensar y desligarnos temporalmente de los objetos, de la tecnología y de las solemnidades. Es inevitable usar la tecnología, pero esto no quiere decir que nuestra racionalidad este determinada por ella. La inteligencia, el amor y el respeto no se digitan. El ser humano necesita una mirada contemplativa de la realidad, situándose frente a la naturaleza y saboreando la evidencia de existir. Y esto por sí mismo, ya tiene sentido.
La mirada contemplativa se reconforta en el estético placer de vivir el apego por seres queridos y sentir la belleza de la poesía y la música. En estos instantes el corazón se llena de luz para mostrando los espejos del alma. En esos espejos: están las imágenes de la infancia y de la tierra del origen, ese lugar sagrado donde nacimos y crecimos con los hermanos y amigos, y despertaron nuestros sentidos a la fantasía y a la grandeza del Padre Redentor. También, está la venerable imagen de los padres, con sus manos bondadosas de amor y de trabajo que se iluminaron de fe para revelar el camino del bien y la esperanza.
Siguen las imágenes de la escuela, el descubrimiento del alfabeto y la invención de las palabras. Después, las imágenes concretas de la adolescencia, de la música y de poesía que hacen metástasis en el corazón y en la memoria; la dulce quimera de los primeros besos de la novia juvenil; los deseos de educarnos en una disciplina de la ciencia, del arte o de la técnica para desarrollar el proyecto ético de vida.




